Mamás y chocolates

“La vida es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar.”

Forest Gump

De pequeña quería ser princesa (cliché lo sé). Luego vi Sonrisas y Lágrimas y quise ser monja. Esa etapa por suerte pasó (vi esa película tantas veces, que ya no era ni normal). Hubiera sido muy mala monja – llevaría algo mal lo del voto de silencio. Luego, durante una estancia de verano en Valladolid haciendo un curso sobre la Unión Europea, allá en 2001, vi Operación Triunfo y me dije, ¿por qué no? Me presento y, si ganase, me hago cantante. Por suerte para todos, eso tampoco prosperó y se quedó en una mera idea (que aún me ronda por la cabeza pero con La Voz jeje). Sin embargo, subyacente a todas estas etapas e ideas, siempre ha estado el deseo de ser diplomática; de viajar, de conocer a gente, de hablar mil idiomas…Me veía trabajando en una embajada o en alguna organización internacional estilo Naciones Unidas o alguna ONG estilo de aquellas que siempre te paran por la calle para que les des donaciones (reconozco que siempre lo consiguen conmigo).

Me formé para conseguir eso. Estudié Políticas. Me especialicé en Relaciones Internacionales (para mi abuelo, hombre culto y de letras donde los hubo, siempre me decía “Luisa, la mejor manera de estudiar Relaciones Internacionales es tener un novio en cada puerto…” siempre me hacía reír con eso – lo consideraba un reto un poco difícil de sostener). Aprendí idiomas. De hecho, llegué a opositar al Cuerpo Diplomático un par de años y lo dejé. Por razones varias, entre las que se encuentra un estado de ánimo limado y apesado por el estilo de oposición que existe en este país. Un sistema que pretende preparar diplomáticos sin opinión propia y dónde importa más, en muchos casos, tu apellido que tus aptitudes. También hice cursos y finalmente me fui becada a Bruselas a trabajar en la Oficina Comercial: el apoyo que existe para empresas en el exterior. Allí aprendí y conocí en profundidad la Unión Europea y su entramado de apoyo a la cooperación al desarrollo en países terceros. Y a eso me he dedicado desde entonces. Desde el 2007 me he dedicado a gestionar proyectos para desarrollar diferentes sectores en países menos desarrollados – en concreto el Norte de África. He viajado. He conocido a gente fabulosa y he trabajado con gente extraordinaria de los que he aprendido muchísimo. Trabajaba largas horas. Trabajaba noches. Trabajaba fines de semanas sin importarme demasiado. Me gustaba lo que hacía y disfrutaba. Era más joven. Principiante en el mundo laboral y con ganas de comerme el mundo. Quería, y aún sigo queriendo, llegar lejos. Por mis propios méritos. Por trabajármelo día a día. Por considerar que lo valía.

Paralelo a todo este vendaval de vida, algo que también sabía con certeza, era que quería ser madre. No sabía ni cuándo, ni cómo, pero lo sabía. Mi madre siempre ha sido una madre muy presente en nuestras vidas (soy una de cuatro hermanas). Por razones de la vida, le ha tocado quedarse en casa, aunque siempre ha estado buscando algo que hacer fuera de ella. Siempre ha sido el hombro sobre el que llorar. La que nos entiende sin decir nada. La que te prepara el zumo de naranja por las mañanas y te lo tapa con papel Albal para que no se le escape la Vitamina C. La que se mete en todo aunque no quieras. Una madre muy madre. Y se lo agradezco y la quiero por haberme inculcado ese deseo de formar mi familia, ese deseo de ser madre. No obstante, reconozco que cuando conocí y me enamoré de Alfredo, en poco tiempo supimos que queríamos formar nuestra propia familia. Un fundamento esencial, sea del tipo que sea, para un futuro generoso, un futuro fuerte y, en mi opinión, un futuro que te llene enormemente.

A los dos años vino Lucía. Nació un 6 de septiembre. Nació por una cesárea de emergencia porque llevaba todo el agosto trabajando a tope y sin parar. Del estrés y cansancio me había quedado sin líquido amniótico. Una locura. Seguramente, si volviese atrás, volvería hacer lo mismo, porque esa soy yo. Una obsesa del trabajo, dice mi marido. Yo no lo creo. Yo prefiero considerar que me gusta darle el 150% a todo lo que hago. Mejorar cada día un poco más y si eso supone más implicación; pues me implico más. La baja por maternidad me mataba; no entendía estar en casa con Lucía sin trabajar. Lo pasé mal, como creo que lo pasan muchas mujeres que son como yo y muchas otras que no quieren reconocerlo. La maternidad se hace larga, muy larga. Lucía fue a la guarde con 4 meses. Reconozco que la dejé y me fui llorando a trabajar y por primera vez me sentí la peor madre del mundo. Pero aun así, me reincorporé al 100% al día siguiente de acabar la maternidad. Regalé mis días de lactancia. Tonta. Posiblemente. Pero de nuevo, eso era mi forma de ser. Dar a la empresa todo de mí aunque tuviera que renunciar parte de mí y de mis derechos. Y, de todo corazón, lo hacía queriendo. De hecho este carácter mío ha sido fuente de muchas discusiones en casa. Algunas con razón. Otras simplemente por maneras de ver el trabajo contrapuestas.

La conciliación es difícil. Muy difícil. Que os voy a contar que no sepáis. Y, más, si encima eres como yo. Amas los dos mundos por igual. Hay muchos momentos, reconozco, que me arrepiento. Me perdí tantas cosas de Lucía y encima es una niña que no te lo echa en cara nunca. Puedes haberte ido 10min como 3 días, que cuando vuelves te recibe con un abrazo y un “Máaaamiii!” que se te dibuja una sonrisa de lado a lado al instante. Pero también sé que no hubiera sido más feliz entregándome más a mi familia. Y no por eso los quiero menos. Todo lo contrario. Adoro a mi familia.

Y por qué cuento todo este rollo. Todo ello tiene un objetivo. Creo que hay muchas mujeres como yo. Muchas mujeres que disfrutan de lo que hacen. Que se sienten “malasmadres” porque no siempre están allí. Porque disfrutan de otras cosas. Porque quedarse en casa para cuidar de sus hijos no las define. Porque aman con locura a sus hijos pero son mejores madres debido a que son como son. Porque tener a esos dos mundos en sus vidas por igual les llena profundamente.

Sin embargo, a veces, por el azar de la vida, ocurren cosas que te hacen replantearte tu vida. O más bien, que te hacen tener que tomar una decisión. Las personas suelen cambiar gracias a situaciones a las que se tienen que enfrentar (los cambios por sí solos son difíciles y requieren mucha fuerza de voluntad); cuando se te pone delante una situación que requiere cambios, que requiere replantearse muchas cosas. A lo mejor no es más fácil el cambio pero no hay otra. En mi caso es eso: no hay otra. Cuando supimos lo de Mateo, ya hablamos con Alfredo que sería más fácil que yo me cogiera la baja para cuidar de Mateo. También pensé, y sigo creyendo firmemente, que es en estos momentos cuando el papel de madre adquiere toda su relevancia y razón de ser. Es cuando mi madre ha estado a mi lado sin despegarse ni un momento.

Durante los siete meses en la UCI no te da tiempo ni de pensar en ti, ni en lo que te espera. Te dedicas exclusivamente a Mateo, a tu hijo. A apoyarle, día tras día, para que no decaiga. A aprender, día tras día, porque a Mateo siempre le salía algo nuevo – basta para que los médico dijeran “es un posibilidad aunque remota” para que Mateo dijera “pues yo lo voy a tener”. Lo que nos enseñaron para podernos ir a casa: que si la cura de la traqueo, que si los cambios de cánula, el uso del ambú, el aspirador de mocos, curso de reanimación (por si acaso)…te daba la sensación de estar trabajando. Salía mi “Luisa” de antes. Quería hacer las curas mejor, los cambios de cánula mejor, aspirar mejor…todo lo que pudiese aprender y hacer mejor, lo quería hacer. Hacía mil preguntas. Quería saber. Leía. Volvía con las preguntas. Todo por Mateo. No pensaba en nada más. Entre la UCI, nosotros como pareja y Lucía, las 24 horas del día estaban ocupadas. No había tiempo ni para respirar.

Pero de repente nos mandan a casa. Te encuentras solo (mi marido ha sido y sigue siendo mi media naranja en todo esto) ante el peligro y tienes que poner en práctica todo lo que te han enseñado y llevas haciendo bajo la supervisión de enfermeras y médicos. De repente no sabes nada. De repente te das cuenta de que esto va a ser tu vida durante más tiempo de lo que pensabas. Sabes que es lo que debes hacer, pero no por ello se hace más fácil. De hecho, se hace más difícil a veces porque te sientes mal. Te sientes egoísta por querer estar trabajando en vez de en casa. Porque te ves enclaustrada en una vida que no has elegido pero que te ha elegido. Porque te cambia todos tus esquemas. Porque no eres tú.

Psicológicamente es duro. Tienes que cambiar el chip y eso no pasa en un día ni en dos. De hecho, tras casi 10 meses desde que naciera Mateo, aún tengo días en los que me levanto y digo “esto va a ser todo…”. Es cierto que ver cómo mejora Mateo, día a día, te da mil ánimos – mentiría si no fuese así; ver cómo le ayudas; cómo te ayuda; cómo nos vamos conociendo cada día más; cómo nos hemos convertido indispensables el uno para el otro; cómo no quieres que otros le hagan las cosas porque tú sabes cómo le gusta más y cómo hacerlo mejor; tú sabes los truquillos para que no se mueva cuando le haces la cura o cambias la cánula; tú sabes cuándo respira bien o cuándo tiene mocos…tú eres su madre. No hay otra.

Pero aun así, es importante tener tu espacio. Buscar un espacio para estar y ser tu misma. Sola o acompañada, pero donde no tengas que ser esa madre que eres cada día, hora tras hora. Donde puedas simplemente ser mujer. Ya es importante en situaciones normales. Cuando se complican es aún más importante. Corro. Voy al gimnasio. Me apunto a carreras. Algunas me han salido bien y otras no tan bien. Pero las hago pensando en ser mejor para Mateo. Mejor para Lucía. Mejor para Alfredo. Pero sobretodo, mejor para mí. Con Mateo tengo que ser meticulosa, precisa, exhaustiva, dedicarle horas, días, fines de semana…es mi hijo, él me necesita ahora. Ni ayer, ni mañana, sino ahora. Me necesita bien. Me necesita feliz y que pueda transmitírselo cada día. Tengo que aprender a llegar a ser feliz con lo que tengo ahora. Para que llegue el día que no me levante pensando “esto es todo”. Para poder disfrutar del ahora. Del reto que la vida me ha puesto delante. Que mi vida pasada pasó y volverá cuando le toque volver… pero volverá, y cuando llegue, seré mejor persona y mejor profesional por todo lo que me ha tocado vivir ahora.

Me está costando llegar, pero llegaré. Como dirían muchos, “si Mateo ha llegado hasta aquí, tú también puedes – se lo debes”. Y así será……y si no, siempre me quedará concursar en La Voz.

8 comentarios el “Mamás y chocolates

  1. Mila Alcaraz dice:

    A la próxima ganadora de la Voz: Todo será como tu quieras que sea, por ser tan luchadora y magnifica mujer.Besitos a los 4 magníficos.

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  2. Almudena dice:

    El proyecto de vida que teníamos planeado cambia. ¿ Y que hacemos las malas madres?. Aprender a vivir el nuevo proyecto, diafrutsrlo , ser feliz…pero mentiría si dijera que todo es rosa. Hay días que sale esa súper malamadre y prefería estar en su proyecto de vida , días que falta el aire por no poder realizar tu sueño. Pero… Coges ese aire y encuentras loa nuevos proyectos que has podido hacer gracias a tu hija y todo merece la pena.
    ¿podremos algún día continuar con nuestro proyecto de vida anterior?. Jamás encuentro respuestas.

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  3. Cristina dice:

    ¡Se ha borrado mi comentario!! ¡Decía que eres una campeonaaaaaaaaaaaaaa!!! Que tu amiga de tu vida anterior te admira muchísimo! Y que ha sido bonito leer sobre las opos, jeje…cuánta ilusión y risas, aunque no tuviéramos apellido ilustre…Mateo tiene muchísima suerte, se lo diremos cuando crezca ¡Un súper besazo familia!

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  4. María José dice:

    Gracias por compartir todo esto Luisa, gracias por ser como eres!!!

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  5. Míriam dice:

    Luisa quiza la vida anterior nunca vuelva, pero siempre habrá un mañana mejor de eso no tengo duda. Bendita tu luz. Bsos

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